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Postconflicto y duelo en la infancia

Por: Diana Gisela Ríos Fernández

Psicóloga Unidad de Duelo Funeraria San Vicente

El hombre desde que nace recibe cuidados y protección para sobrevivir, en la medida que teje un lazo con la familia aprende a tener en cuenta que él solo no existe y que hay un otro. Aprende a dar y no solo a recibir, en ese momento sale de su centrismo para tener presente que hay un otro que le duele, siente y que también puede ser feliz simultáneamente cuando da algo de sí mismo al prójimo, ya sea: de orden material, afectivo o espiritual.

La sociedad actual vive en contraposición de cómo se deberían hacer las cosas, por lo cual hay una lucha de poderes y un conflicto entre los valores en la búsqueda del beneficio personal, omitiendo el bien común. Estas posturas generan un gran caos en la paz y en la unidad, lo que conlleva a sacrificar muchas vidas y violentar los derechos del otro aumentando la desigualdad.

Llegar a vivir en estas condiciones genera divisiones en la que la lucha de poder sobresalen y cada uno trata de velar por lo que piensa, considerando tener la única verdad, hasta el punto de hacer lo que sea por llevarlo a cabo, produciendo más violencia. Debido a estos enfrentamientos también salen afectados los que no están directamente implicados en el conflicto. Esta violencia tiene secuelas en el alma de las comunidades al vivir el desarraigo de sus tierras, tener que dejar toda su historia y todo lo que ha construido por salvar la vida de la familia, huyendo de esta situación.

Todos estos tipos de conflictos traen consecuencias en la salud mental de las partes involucradas, como lo es: estrés postraumático, trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, entre otras; así mismo de orden económico y social. Desde el que hacer psicológico se focalizarán las secuelas del postconflicto en los niños, específicamente cuando ocurre una muerte de alguien significativo por una muerte violenta.

“Al menos 740.000 personas mueren directa o indirectamente como consecuencia de la violencia armada cada año.

Una proporción relativamente pequeña de estas muertes –aproximadamente una tercera parte– se puede atribuir a los conflictos armados en zonas de guerra. Sin embargo, la gran mayoría de las muertes violentas ocurren en los entornos de bajos y medianos ingresos que no suelen estar afectados por la guerra, según la Declaración de Ginebra (2010).

En Colombia en el año 2013 se reportaron 922 homicidios, de los cuales 84 son contra niños, niñas y adolescentes con edades que van desde los 0 a hasta los 17 años, según el Informe de la Personería de Medellín de ese año.

Iniciando el duelo

Este resultado muestra a nivel mundial el estado de vulnerabilidad que están viviendo los niños y los efectos que generarán en su salud mental. Las familias ante la noticia de la muerte de un integrante sienten que gran parte les fue erradicada porque es un dolor profundo que deja vacío, soledad y desamparo.

Se cuestiona la justicia, de cómo fue su sufrimiento o qué sintió en el momento de la muerte, quién pudo generarlo al no saber quién lo hizo, los recuerdos se vuelven obsesivos de lo vivido al respecto y en muchos casos la familia se cuestiona cómo tomar medidas al respecto.

Hay que sumarle que la estructura familiar ya no es la misma, la en la medida que esta se consolida establece y reparte roles o tareas a cada integrante como lo es dar orden, hacer cumplir las normas, el proveedor, el que inicia la diversión y el esparcimiento, quien aporta los pequeños detalles que hacen al hogar cálido. Al ocurrir una muerte violenta quedan roles sin asumirse o en muchos casos quedan en manos de un solo adulto, generando confusión y exigiendo adaptación a todos los cambios que irrumpen con a la rutina del hogar.

Este proceso “en términos generales, consideramos bien adaptado a un hombre si su productividad, su capacidad para disfrutar de la vida y su equilibrio mental no están perturbados” Hartmann (1987) . Este proceso en el duelo exige aceptar y asimilar la realidad de lo acontecido, buscar apoyos externos que le permitan comunicar su sentir y pensar para acomodarse a la ausencia del otro en todos los niveles: personal, social, familiar, espiritual, académico y laboral.

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Reacciones del niño en el duelo

Al focalizar el duelo en los niños ellos sienten que esa persona que se quiere no está, sienten su ausencia y al respecto hay preguntas: ¿para dónde se fue? ¿Por qué ya no está? ¿Por qué me lo quitaron? Ellos tienen una serie de reacciones en las que manifiestan su inconformidad ante el cambio a través de expresiones emocionales, físicas y del comportamiento.

A continuación se resaltan las reacciones más comunes cuando ocurre una muerte violenta:

Tristeza por no tenerlo, y no sentir su compañía en diversas rutinas.

Rabia con quienes le quitaron la vida a su ser querido. Su conducta es agresiva con familiares e iguales.

Culpa cuando fueron desobedientes.

Miedo a sentir su presencia.

Soledad por la persona que no está, también cuando la familia se aleja o distancia del niño.

Confusión de qué será de su vida sin la persona que fallece, se manifiesta con sentimientos y emociones tan intensos que generan desconcierto. Reprimen su sentir y se muestran fuertes.

Apego al cuidador, por lo cual sienten temor de separarse y se vuelven controladores porque así creen que el otro no morirá.

Ansiedad presentando un comportamiento inestable que no encuentra sosiego y se puede manifestar con: conductas inquietas, comerse las uñas, con la ingesta desmesurada de alimentos usualmente dulces.

Llanto que puede surgir por los recuerdos y la falta de quien no está, también surge por asuntos poco relevantes viendo la oportunidad de sacar afuera ese dolor contenido porque el otro ya no está.

Déficit de atención en sus actividades cotidianas como en las instituciones, muchas veces pensando y recordando a quien no está.

Dificultades con el dormir que se puede manifestar de diversas formas: postergación al dormir, el sueño no es reparador, despiertan en las noches o tienen pesadillas.

Falta de apetito, no provoca comer alimentos de preferencia.

Quejas físicas como dolores de cabeza, malestar estomacal o dolencia en las extremidades.

 

Formas de manejar la tristeza en la infancia

Es de resaltar que cada niño tiene su forma de llorar, unos lo expresan con lágrimas, en especial las niñas y otros con su cuerpo (cabeza gacha y quietos u otros por el contrario mucha actividad verbal y corporal) en silencio, con enojo e irritabilidad.

El manejo del dolor en cada niño es diverso porque tienen periodos en que sienten el dolor hasta un límite, para luego buscar una actividad como es el juego que le permita distraerse ante la intensidad del dolor.

Hay niños que evitan a toda costa el dolor y la pasan dormidos, utilizando videojuegos, absortos por la internet, permanecen en calle, entre otros. Es de resaltar que este dolor que se evita no se sana y queda allí hasta que el niño lo exteriorice o lo haga consciente, muchas veces lo guardan hasta la adultez donde posiblemente otro duelo lo desenmascare.

Aspectos que interfieren en la recuperación del niño

Ante esta realidad es importante el acompañamiento que hacen los adultos en los proceso de los niños, éstas son las formas que no lo permiten:

El desconocimiento de las reacciones del niño en duelo, mostrando asombro ante los cambios, pero el niño con ello se siente extraño y sin comprensión.

Ante lo aturdido que está el adulto se muestra irritado y no escucha.

Confunden por la forma en que manejan el dolor, la tristeza y el juego, principalmente en los periodos de diversión al observarlos sin ninguna aflicción aparente, considerando que todo sigue normal para él.

Creen que por su condición de niños y de tener un futuro se recuperan fácilmente.

Interrumpen los procesos terapéuticos, en muchos casos por desconocimiento al no reconocer que el dibujo, la pintura y el juego son estrategias sanadoras para el niño.

Ante las intensas reacciones de los niños no buscan ayuda, invalidando así el dolor de ellos.

Investigaciones de las consecuencias en el duelo

Bendiksen (1975) investigó tres grupos familiares sin pérdida y con pérdidas, luego de 18 años observó las problemáticas que se presentaron en dichos grupos.

 

Estructura familiar a los 15 años de edad


tabla

Esta investigación muestra el estado de vulnerabilidad cuando ocurre una muerte, un divorcio y la familia está intacta.

Rutter (1966) en la Clínica de Maudsley hospital en el sur de Londres en una población de un 11,6 % lugar en el que se había muerto el padre durante los 3 y 4 años de edad, descubrió enfermedades de tipo neuróticas como conducta antisocial o delincuencia.

Este investigador señala otros factores como: la disolución del hogar, cambios frecuentes de la persona que brinda cuidados, cambios en los roles familiares, los efectos de la pérdida en el padre sobreviviente y la aparición de un padrastro. Por lo que concluye: “la mayoría de los giros patológicos son el producto de la interacción de condiciones adversas”.

Birtchell (1972) en el nordeste de Escocia realizó un proyecto de la proporción de pérdidas sufridas en la niñez, fue llevado a cabo con más de 5000 pacientes remitidos a tratamiento psiquiátrico, de los cuales tenían más de 20 años y padecían de neurosis, psicosis no orgánicas y adicciones. También se estimó la proporción de un grupo de control de más tres mil individuos tomados de las listas de médicos de la misma región, en el que hallaron:

Al considerar la muerte de cada padre se comprueba que, a) al fallecer la madre antes que cumpla el paciente 10 años se encuentran un número significativo de pacientes deprimidos, tanto en varones como en mujeres, además se encuentra alcoholismo en ellas, b) es alta la cifra de pacientes mujeres que pierden el padre antes de cumplir los 10 años, éstas tienen diagnóstico de depresión y alcoholismo.

Otras investigaciones muestran: Quienes sufrieron una pérdida durante la niñez y cuando adultos se convierten en pacientes psiquiátricos llevando así ideas suicidas, sobredependencia y afecciones depresivas de gravedad.

Manifestar ideas serias de suicidarse

Proyecto realizado en McGill University Health Service, Adam (1973) observó las proporciones de ideas suicidas serias en estudiantes de 17 a 27 años, que experimentaban trastornos psiquiátricos y que habían sufrido la pérdida de uno de los padres antes de cumplir 16 años.

Condición familiar del estudiante

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La conclusión de Adam es “la presencia de una figura de cualquier clase, coherente, estable, capaz de guiar y enseñar parecía tener gran importancia en cuanto a proteger al sujeto de concebir ideas suicidas significativas”.

• Mostrar un alto grado de apego ansioso (o sobredependencia)

Birtchnell (1975), desarrolló un estudio en Escocia en el que encontró en pacientes con pérdida de la madre durante los primeros 9 años de vida, que tenían mayor dependencia a diferencia de aquellos que no tenían ese duelo.

• Desarrollar afecciones depresivas de gravedad que pueden clasificarse como psicóticas.

Proporción de pérdidas pasadas y formas de depresión

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Dowdney (2000) revisa una serie de variables y mediadoras en las repercusiones del duelo en los niños: “las muertes por suicidio o asesinato proporcionan una mayor tasa de depresión mayor”.

Elementos que ayudan a la recuperación del niño

Varias investigaciones llevan a concluir que lo que ayuda a los niños en duelo es un adulto que se preocupa por sí mismo y el bienestar del niño, que pregunta, busca ayuda, es inquieto ante las señales que presenta, lo incluyen en los rituales fúnebres y en las conmemoraciones del fallecido, validan sus emociones y sentimientos, tienen en cuenta la edad del niño para establecer comunicación clara, sincera y continua, se hace seguimiento a las normas y rutinas en casa, además son abiertos a otros saberes profesionales para sanarlo.

Aspectos que facilita la recuperación del niño:

Observar los cambios que puede tener ante el duelo, la Escucha, la comprensión de lo que vive, jugar con él, enseñarle a reconocer y manejar sus emociones, continuar con las pautas de crianza porque su formación debe continuar, debido a que aún necesita bases para su vida adulta.

Conclusiones

El niño requiere del adulto para recuperarse, él por sí solo no lo puede hacer porque solicita alguien que le permita comprender la realidad de la fantasía. Necesita de otro que lo sustente y lo acompañe a sobrellevar tantos retos que trae el duelo, dado que él no tiene herramientas suficientes para enfrentar una situación angustiante.

El Niño al no hablar de lo que ocurre o así permanezca jugando, no quiere decir que el niño se recuperó, para lograrlo implica que el exteriorice o verbalice para lograr la recuperación, lo que sugiere: aceptar la muerte del ser querido, que emociones se apacigüen en la medida que se exterioricen, validen y se comprendan, recordar con menos dolor, apertura a nuevas personas y espacios, autoconocimiento y comprensión de los demás.

El Estado debe velar por los derechos de los niños en la oferta de programas que promuevan la salud mental, reparación moral, física, social, como respuesta a los traumas que genera la violencia.

Frente a las estadísticas de muerte en la ciudad muestra un sinnúmero de familias en duelo, sumándole otros fenómenos de violencia que vive la ciudad, sería importante analizar qué ocurrirá a futuro con la salud mental de todas ellas.

[1] http://www.unicef.org/spanish/protection/57929_58011.html

[1] Hartmannn, Heinz. (1987).  La a psicología del o y el problema de adaptación. Buenos Aires: Editorial Paidós.

[1] Bowlby, John. (1983). La pérdida afectiva: tristeza y depresión. México: editorial Paidós.

[1] Tizon, Jorge. (2004). Pérdida, pena, duelo: vivencias, investigación y asistencia. Barcelona: Ediciones Paidós.


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Aprendamos de duelo

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