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Luís Fernando Arango Madrid

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Por María del Pilar Rojas Bustamante

Difícilmente se podría encontrar una persona con tanta energía, una persona con la capacidad de cavilar, crear y soñar mil cosas al mismo tiempo, todas con el mismo fin: contribuir al desarrollo del sector funerario.

Su profesión nace de la técnica y la curiosidad pero sobre todo de la sensibilidad que le permite encontrar un significado al redoblar de las campanas, al luto como llanto del alma, a los desfiles solemnes que acompañaban los féretros hasta su última morada; el sentimiento que le invade cuando ve la aflicción y angustia de los deudos. La muerte, una realidad de todos los mortales, su convocatoria, el acompañamiento y las manifestaciones ancestrales que se derivan de ella.

Tiene claro que la motivación de la existencia es dedicar la vida a la actividad que le da razón, a lo que le gusta tanto que se convierte en “vocación”. Si no hubiera sido funerario, la sociedad contaría con un reconocido arquitecto, no podría ser para menos conociendo su sentido de la estética, mezcla de materiales y texturas que le obligan a reciclar el mármol como simbología de la pulcritud, elegancia y decoración de los escenarios sacros.

Le apasiona la restauración y conservación de coches fúnebres antiguos a los que llama “templos móviles”, este hobby le ha permitido tener una de las colecciones más completas, en su parque automotor se exhiben protagonistas de historias que llevaron hasta su última morada a Presidentes de la República, Generales y personajes de todos los rincones colombianos.

Por sus venas corre el talento que le inspiró a diseñar y crear una escultura en homenaje a los niños victimas de la violencia y el secuestro, escultura de un niño ángel con un pie y un ala  de hierro como si fuera una prótesis de aquellas que marcan a los mutilados por las minas quiebra patas, las manos atadas por la pérdida de libertad generada del secuestro. Esta escultura que le da la bienvenida a la Unidad de Duelo está cargada de la emotividad propia de la nostalgia y el dolor por el largo secuestro y posterior muerte de su hijo Américo Fernando.

De camino a la escuela Juan del Corral, por aquellos años con poca conciencia ecológica motivada además por los profesores que dejaban como tarea embalsamar un pájaro o una rana  – lo cual sería inconcebible hoy día -,  se desviaba al  Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico de Medellín,  donde varios de sus habitantes, aves multicolores y de variados tamaños, sirvieron de materia para el embalsamamiento y sus primeros experimentos con formol. Le llamaba poderosamente la atención los cortejos que llegaban al Cementerio San Pedro de Medellín,  escenario que le permitió conocer la historia, cultura, idiosincrasia y pujanza antioqueña que trasciende la vida y se plasma en  monumentos, mausoleos y simbolismos funerarios.

El enamoramiento por lo funerario en su conjunto, teniendo claro el compromiso social y la calidad que le caracteriza, lo llevó a abrir Funeraria San Vicente a la edad de 17 años, acompañado de la tarjeta de identidad y el apoyo incondicional de su padre, quien a pesar de sentir algo de frustración por no ver su hijo profesional, le cedió un pequeño local de su propiedad frente al Policlínico San Vicente de Paúl.

Funeraria San Vicente nació con el sueño y la ilusión de ser protagonista en el mundo funerario de Medellín, que por aquellos días – en octubre de 1971- contaba con 66 funerarias. Importantes y tradicionales empresas de la época como Funeraria Betancur, Medellín,  la Metropolitana, Imperial, Moderna y Gómez entre otras, así como las Cooperativas Funerarias, la de Antioquia, la Asistencial, la Fraternidad y Cooperación (Cootrafa).  Abrió sus puertas en aquel  pequeño local y 37 años después se consolida como ese sueño hecho realidad.

Difícilmente se podría encontrar una persona con tanta energía, un ser humano que reacciona fuerte cuando las cosas no salen bien, el mismo dueño de una inmensa generosidad siempre dispuesto a abrir sus manos a la necesidad del prójimo; el mismo que siente derrumbarse ante el abrazo de Juancho y Alejo  que dibujan una sonrisa y apenas logran estrechar el cuerpo de su abuelo.


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