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LA RIQUEZA DE LA ESPIRITUALIDAD EN EL DUELO

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La riqueza de la espiritualidad en el duelo

Funerarias y Camposantos Metropolitano de la Arquidiócesis de Cali
Pdr. Jorge Tulio Cardona
Coordinador de la Unidad de Apoyo Emocional (UNAME)
Cali – Valle -Sur America

Generalmente ante las pérdidas surgen muchas preguntas, tales como ¿Por qué Dios permite: el dolor, el asesinato, la enfermedad, la muerte, el deslazamiento?, o ¿Por qué Dios no nos protege? ¿Por qué les pasan cosas malas a las personas buenas? ¿Por qué a mí, si no le hago daño a nadie y trato de vivir lo más rectamente posible? …Y, como estas, muchas preguntas más nos asaltan ante un duelo. El las entiende porque nos ama.

Cuando una persona se niega a la espiritualidad, los duelos son leídos y analizados de manera meramente intrahistórica, es decir, las pérdidas son realidades que pueden conducir o no a aprendizajes que permitan hacer correctivos posteriores, o en caso de tratarse de la pérdida de un ser querido, éste solo queda en la memoria, en el recuerdo de lo que hizo, mal o bien, o dejo de hacer; en cambio, una persona con espiritualidad, se abre a la búsqueda del sentido último, más aún, cuando la dimensión espiritual se concreta en la adhesión a un grupo que comparte: la profesión de un credo religioso, un mundo de valores con su propia jerarquía, sus opciones fundamentales, sus preguntas por el sentido de la vida, de las cosas, de los acontecimientos y establece una relación con Dios, establece un posicionamiento centrado en la dimensión del sentido religioso. Sin embargo, tanto en el ser espiritual como en el ser religioso se plantea una apertura a la trascendencia, sin desconocer que el primero puede llegar a ser más subjetivo.

En la religión cristiana, este ser trascendente es el Dios que por medio de Jesús se nos ha revelado: un Dios con el cual establece el creyente una relación de amor y del que saca la fuerza para leer los acontecimientos de la vida. No desconocemos que a pesar de establecerse este común denominador, existen múltiples particularidades que conducen a hacer lecturas más subjetivas de los sucesos dolorosos por los que se va atravesando, así, dentro de los creyentes cristianos se pueden encontrar comprensiones de un Dios que castiga, dificultando la elaboración del duelo ya que lo elaboran con sentimientos de frustración y rabia proyectada hacia Dios, hasta un Dios que es providente, fuente de esperanza, refugio, relación, garantía, fortaleza, animo, compañía del ser humano en su dolor, como experiencia de fe; más aún un Dios que no se hizo ajeno al dolor “Si quieres aparta de mí este cáliz” (Lc. 22, 42) “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me haz abandonado?” (Mt. 27, 46) sino que lo asumió como la máxima prueba de su amor al género humano, por eso podemos afirmar con Paul Claudel: “Dios no vino a suprimir el sufrimiento, ni siquiera a explicarlo, Dios vino a llenarlo de su presencia”. O ¡No vino a quitar el dolor, sino a llenarlo de sentido! Así, el duelo, generador de sufrimiento, como fenómeno connatural al ser humano, en muchas ocasiones, provocado por él mismo, se puede convertir en medio de realización y transformación del mundo. Es aquí donde no cabe la pregunta ¿por qué Dios? Sino ¿Qué me dice? ¿A qué me llama? ¿Cómo respondo?, superando esa imagen del Dios que se coloca por encima de la libertad de auto-determinación existente en la humanidad.

Dentro del contenido teológico, se cuenta con la esperanza en un más allá, esto hace que nuestro duelo sea distinto del de quienes carecen de esperanza. La esperanza en lo que nos espera marca nuestra forma de abordar la propia muerte, así como la de las personas queridas y de todo lo que perdemos. Podemos decir que gracias a que “nos sentimos habitados por el Espíritu de Jesús que ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5) se nos da la capacidad de creer en su palabra. “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn. 10, 10); “Vengan benditos de mi Padre” (Mt. 26, 34); “todo aquel que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn. 6, 40); “me voy a prepararles un lugar para que donde esté yo estén Uds.” (Jn. 14, 3). Para el creyente, hablar de espiritualidad es hablar de experiencia de Dios, porque, más que hablar de Dios, que pensar con la razón en Dios, es experimentarlo, sentirlo con el corazón, dicha experiencia puede llevarnos a expresar con el hermano Francisco de Asís “!Alabado seas mi Señor por la hermana muerte corporal!”

Dentro de toda experiencia religiosa se cultivan una serie de valores como la capacidad de silencio, asombro, admiración, contemplación, discernimiento, profundidad, justicia, verdad, dignidad, trascendencia, vida, conciencia de lo sagrado, y de comportamientos virtuosos como el perdón, la gratitud, la humildad, la solidaridad o la compasión; además de encontrarle sentido a lo adverso para descubrir el paso de Dios por la historia y su llamada ante la que el ser humano solo pueda decir como San Francisco ¿Señor qué quieres que yo haga?; ¿A qué me llamas?. Todos estos valores nos llevan a lograr una resignificación que resulta siendo sanadora, porque así esa muerte violenta de mi hijo, me llama a un compromiso con la lucha y la defensa de la vida, a ejercitar el perdón, la misericordia; esa pérdida económica, a crear realidades más justas; esa enfermedad, a saber que, como dice San Pablo “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col. 1, 24); es decir, bien vale la pena la experiencia vivida, “Oh! Feliz culpa que mereció tan grande redentor” como dice el prefacio pascual.

Además, en la experiencia religiosa es muy importante el culto en el que se cuenta con rituales, como camino, acceso a la trascendencia y a la experiencia espiritual. Los ritos sagrados nos remiten con símbolos a algunas realidades que nos trascienden, particularmente en momentos cruciales de la vida, ritos: de iniciación, de paso, de finalización, de vínculo… En ellos expresamos nuestra relación con el Ser trascendente en quien los creyentes fundamentamos la fuente de nuestra vida espiritual.

En torno a los fallecidos y a la experiencia del duelo, los ritos, en los que se integra la capacidad artística, perviven de diferentes maneras, haciendo uso de símbolos que significan que estamos ante el misterio, quizás ante lo sagrado, estos símbolos pueden ser imágenes, fotografías, música, pintura, servicios, proyectos, etc. y marcan un momento de transición a una realidad nueva para los supervivientes. Además, con los ritos expresamos nuestro respeto y honramos la memoria de la persona fallecida.

Conviene también valorar el sentido de la comunidad de creyentes ya que en los momentos de duelo, el encuentro con el otro, sentir su presencia, su apoyo, su solidaridad su compañía, es acceso a la experiencia espiritual de la trascendencia que anima, acompaña, fortalece y consuela.

Finalmente podemos decir que la figura de los pastores, quienes a partir de su formación religiosa, de la ética de los valores de la religión profesada y desde el sentimiento de compasión por el dolor ajeno, suelen estar capacitados para acompañar a quienes sufren una pérdida, brindando consuelo, apoyo y haciendo sentir la presencia de Dios. El consuelo y el acompañamiento de sacerdotes, rabinos, pastores y lamas pueden ser vistos como promotores de alivio del malestar físico y psicológico y del aumento de sensaciones y estados de mayor paz, bienestar, armonía y calma espiritual. Esta ayuda espiritual es un apoyo que permite alcanzar una mayor comprensión del sentido de la vida, estimular la conexión consigo mismos, con los demás y con la realidad, basados en los valores éticos y espirituales propios de su confesión religiosa.


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