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El duelo y el luto. La atención al doliente

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Marcos Gómez Sancho
marcosgomez@idecnet.com
www.mgomezsancho.com

Introducción

Aquel que tú lloras por muerto
no ha hecho más que precederte.

Séneca (4 A. C.-65)

La muerte significa la desaparición y pérdida de una persona querida y conduce a un trabajo de duelo. Toda pérdida significativa entraña la necesidad de un duelo. El duelo, por otra parte, es un momento de la vida que probablemente todos nosotros habremos de conocer.

Usted debe saber que el duelo no es ninguna enfermedad y, en principio, no necesita de terapeutas. La mayoría de las veces, el proceso se resolverá con el tiempo y la compañía y comprensión de amigos y conocidos. Y, eventualmente, la ayuda del equipo terapéutico.

Ya sabe que la elaboración del duelo necesita tiempo. Con razón escribió J. Jouvert: “Dios ha ordenado al tiempo que consuele a los desgraciados”.

Es imposible que se resuelva un duelo sin experimentar dolor. Se puede decir que es como un túnel, que para salir de él, hay que atravesarle. Y esto requiere un esfuerzo, un trabajo. Y por este motivo se habla del “trabajo del duelo”.

Y es imprescindible, además de tener dolor, poder expresarlo, exteriorizarlo. Decía Shakespeare que “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas”. En el mundo hedonista y tanatófobo de hoy, a las personas dolientes muy difícilmente se les autoriza a expresar su pena. Amigos y conocidos pueden escuchar atentos e intentar consolar a la persona que está en duelo durante los primeros días. Pero enseguida el mensaje cambiará: “La vida sigue”, “No te atormentes más”, “Tienes que intentar olvidar”, frases que suelen traducir lo que esas personas realmente están pensando: “Déjame en paz”, “No hables más de la muerte”, en definitiva, “No me recuerdes que yo también tengo que morir”.

Sobre todo durante los primeros días es muy necesaria la compañía de los amigos. Una viuda decía: ¿dónde están las quinientas personas del funeral? La gente vuelve a su rutina diaria y pronto el sufriente puede empezar a sentir el peso de la soledad. En estos momentos la ayuda a estas personas puede reducirse a estar allí y escuchar. El peso del dolor  es tanto más soportable cuantas más espaldas cargan con él. En nuestro tiempo, las familias poco numerosas, la disminución de los vínculos con los padres, la atomización de las relaciones sociales hacen que toda la terrible carga de afectividad desencadenada por la muerte se reparta entre pocos y los destroce.

La muerte de un ser querido es un desgarramiento profundo, pero que cura naturalmente, a condición de que no se haga nada para retardar la cicatrización. El enlutado debe habituarse a la ausencia del otro. Como un hecho natural la muerte seguirá provocando entre los más allegados un traumatismo tal que solamente una serie de etapas permitirá curarlo. Corresponde a la sociedad ayudar al enlutado a franquear esas etapas, porque él no tiene fuerza para hacerlo completamente solo. El duelo era más social que individual.

Duelo y sentimiento de culpa

Cuando muere alguien a quien amamos, sentimos dolor por haberlo perdido, y queda en nosotros una sensación de vacío; asimismo, nos asaltan dudas relativas a la posibilidad de que nuestra hostilidad, falta de amabilidad o negligencia hayan contribuido a su muerte, o no tenemos la certeza, simplemente, de haber agotado los medios para hacer su vida más fácil y feliz. Y no tenemos el consuelo de obtener perdón y ser amados a pesar de nuestros defectos. A ello se suman terribles remordimientos: ahora es demasiado tarde para hacer lo que no hicimos cuando el ser amado se hallaba con vida. De ahí las autoacusaciones y los sentimientos de culpa.

Algunas veces, el doliente puede tener algo parecido a un sentimiento de culpa por seguir vivo habiendo muerto su ser querido. Así lo expresa Rosalía de Castro en el siguiente poema, uno de los muchos que escribió tras la muerte de su madre:

 ¿Y yo tranquila, he de gozar en tanto
De blando sueño y lecho cariñoso,
Mientras herida de mortal espanto
Moras en el profundo tenebroso?

Otras veces los familiares piensan que no han hecho todo lo posible por cuidarle bien, aunque muchas veces se hayan esmerado y le hayan cuidado hasta la extenuación. Esto también puede generar sentimientos de culpa, casi siempre infundados.

En el período del duelo, algunos familiares pueden tener dudas sobre los tratamientos o sobre las decisiones que se tomaron durante la enfermedad de su ser querido, lo que puede generar sentimientos de culpa intensos. Si éste es su caso, no dude en ponerse en contacto con el médico que le aclarará todas las dudas que usted pueda tener.

Los sentimientos de culpa algunas veces tienen que ver con un deseo, más o menos subconsciente, expresado verbalmente o no, de que el enfermo muriese. Esta idea suele llegar ante el agotamiento que supone el cuidado prolongado a estos enfermos. Si usted ha tenido alguna vez un pensamiento de este tipo debe saber que es legítimo y normal haber pensado alguna vez de esa manera. Es absolutamente normal desear que todo termine cuando ya no hay ninguna esperanza y que, de una vez, todos, enfermo y familiares, puedan descansar. Y, por supuesto, nunca olvide que la muerte de su ser querido no ha tenido nada que ver con su deseo.

El Duelo normal

Comprenderás entonces,
merced a estos signos misteriosos.
que una vez más el amor ha vencido a la muerte.

Amado Nervo

El término “duelo normal”, abarca un amplio rango de sentimientos y conductas que son normales después de una pérdida y que han sido enumeradas por Worden:

Sentimientos

  • Tristeza
  • Enfado
  • Culpa y autoreproche
  • Ansiedad
  • Soledad
  • Fatiga
  • Impotencia
  • Shock
  • Anhelo
  • Emancipación
  • Alivio
  • Insensibilidad

Sensaciones físicas

  • Vacío en el estómago
  • Opresión en el pecho
  • Opresión en la garganta
  • Hipersensibilidad al ruido
  • Sensación de despersonalización
  • Falta de aire
  • Debilidad muscular
  • Falta de energía
  • Sequedad de boca

Cogniciones

  • Incredulidad
  • Confusión
  • Preocupación
  • Sentido de presencia
  • Alucinaciones

Conductas

  • Trastornos del sueño
  • Trastornos alimentarios
  • Conducta distraída
  • Aislamiento social
  • Soñar con el fallecido
  • Evitar recordatorios del fallecido
  • Buscar y llamar en voz alta
  • Suspirar
  • Hiperactividad desasosegada
  • Llorar
  • Visitar lugares o portar objetos que recuerden al fallecido
  • Atesorar objetos que pertenecían al fallecido

La mayoría de los autores e investigadores opinan que la muerte de un ser querido es una reacción humana normal, por anómalas que sean (transitoriamente) sus manifestaciones, especialmente en los primeros momentos.

La derivación hacia duelo patológico (o complicado) se plantea, sobre todo, cuando esas anomalías se extienden en el tiempo, se cronifican, o derivan a otro tipo de patología psiquiátrica que desborda la entidad del duelo en sí mismo.

Fases del duelo normal

El desarrollo clínico del duelo pasa siempre por los mismos caminos que constituyen tres grandes etapas: el comienzo, que se caracteriza por un estado de choque más o menos intenso, el núcleo mismo del duelo que se caracteriza por un estado depresivo y la fase de terminación

Los primeros momentos

Se corresponde con el choque inicial. A veces provoca vértigos, náuseas u otras alteraciones neurofisiológicas, como temblor o alguna irregularidad en el ritmo cardiaco y la persona puede encontrarse “como flotando sobre una nube”.

La persona así golpeada, nos sorprende con su incapacidad, por ejemplo, para hacer una llamada telefónica y comunicar el fallecimiento a otros familiares.

Con el anuncio de la llegada brutal de la muerte de una persona querida la primera reacción es el rechazo, la incredulidad (“No es posible” “No es verdad”) que puede llegar hasta la negación manifestada por un comportamiento tranquilo e insensible o por el contrario, exaltado. A veces es un grito que marca la estupefacción y el abatimiento del alma.

Este estado de choque desencadenado por el anuncio de la muerte de una persona querida es a la vez físico y psíquico. El choque es muy violento en caso de muerte súbita y más moderado si la muerte era más o menos esperada.

Muy frecuentemente, en estos primeros momentos se siente un cierto alivio y alegría por el fallecido (“Gracias a Dios que ya no sufre más) unido a un alivio personal (“No creo que hubiera podido resistirlo durante mucho más tiempo”). En este período se expresa mucha gratitud hacia las personas que le han cuidado, especialmente hacia los médicos y las enfermeras y se tiene una sensación de “irrealidad” o “embotamiento”: “Todavía no me hago la idea de que está muerto”.

Otra reacción frecuente es la de hacer reproches a quien acaba de morir. ¡¿Cómo puedes hacerme esto a mí?! Es un reproche que por injustificado no deja de estar presente en muchos velatorios. Un buen ejemplo de reproches al muerto lo constituye el libro “Cinco horas con Mario” escrito por Miguel Delibes.

Después del funeral, el viudo o la viuda sigue acompañado por sus amigos y familiares. Este tiempo generalmente está lleno de problemas prácticos que hay que solucionar, como testamentos, posesiones, seguros que hay que reclamar y eso hace que la presencia de amigos o familiares eviten que se sienta la soledad.

Hay que recalcar que el dolor profundo de un duelo, raramente se puede cambiar por medios farmacológicos. Nunca se automedique. Si cree que necesita ayuda, recurra a su médico.

Etapa central: El estado depresivo del duelo 

Es la fase de mayor duración. Al principio, la imagen del desaparecido ocupa siempre y por completo la mente del doliente. Con el paso del tiempo, alternan estos momentos de recuerdo doloroso con la paulatina reorganización de la vida externa e interna de quien ha sufrido una pérdida. Progresivamente, van espaciándose más y más los recuerdos hirientes del ser querido que nos dejó.

En esta fase se recuerda constantemente al desaparecido y se añoran tantos pequeños detalles de la vida cotidiana que se compartían con el ser querido.

Esta etapa central está constituida por una auténtica depresión que se instala más o menos rápidamente después de acaecido el fallecimiento y que va a durar algunos meses, incluso años, en el caso de complicaciones en la elaboración del duelo (duelos complicados y patológicos). Esta fase no comienza inmediatamente después de la pérdida. No puede debutar hasta después del período tormentoso de choque y por lo tanto hasta que la realidad de la pérdida haya podido ya ser realmente (en buena parte por lo menos) aceptada.

El estado depresivo del duelo hace que la persona, totalmente ocupada de su objeto, viva replegada sobre sí misma. Desestima todo aquello que pueda alejarle de su preocupación. Nada le interesa ya; para ella el mundo está vacío y sin atractivos. Por este motivo, hasta las acciones más simples pueden significarle un esfuerzo desproporcionado. Toda la atención, toda la energía, se concentran sobre el objeto perdido. Todos los otros intereses parecen, por el momento, dejados de lado. Así decía Robert Burton que “Cuando el duelo aparece, las demás pasiones desaparecen”.

El sufrimiento depresivo del duelo es la expresión y la consecuencia del trabajo de liberación que se opera necesariamente después de la pérdida de un ser querido. Es la esencia misma del trabajo del duelo.

Durante el largo período del estado depresivo del duelo a la intensificación de la relación con el desaparecido se asocia un sentimiento de gran soledad. Esta soledad no es solamente social, sino también emocional. Nada como el duelo descubre la soledad humana. La soledad de todos en cada uno. El dolor universal vivido por cada ser humano, uno a uno. Un dolor antiguo y renovado, presente –el verdadero dolor de la persona–, cada vez sentido como único.

Muy característico de esta fase es el soñar frecuentemente con la persona desaparecida. En los primeros momentos, sobre todo, se pueden producir trastornos en el dormir, agitación, insomnio, que pueden durar semanas. Hay un insomnio que se debe a fobia a dormir por pánico a tener pesadillas insoportables con el muerto, o, por el contrario, a la angustia que supone el despertar tras un sueño gratificante en que se le vio vivo y normal.

En esta etapa, se recurre por lo común a la toma de sedantes e inductores del sueño, sin los cuales resulta a menudo insufrible afrontar la noche, la oscuridad, la soledad, el silencio. Si usted se encuentra en esta situación es recomendable que no se automedique, sino que consulte con su médico y él le prescribirá el medicamento más ajustado a sus necesidades. Estos psicofármacos hay que tomarlos el menor tiempo posible y será su médico quien hará un seguimiento de su evolución.

En otro orden de cosas, es necesario recordar que si algún familiar está en tratamiento es importante vigilar que no lo deje los días posteriores al fallecimiento de su ser querido. Cuidado especial con los diabéticos que usen insulina. Es frecuente que se pongan las inyecciones y no coman como deben. La insulina al actuar les produce una hipoglucemia (se quedan sin azúcar en la sangre) que puede ser muy peligrosa.

Un fenómeno muy frecuente es el miedo de los sobrevivientes a contraer la misma enfermedad que acabó con la vida del enfermo, lo que conduce en muchas ocasiones a la somatización. Usted debe saber que el cáncer no es contagioso y que casi ningún tipo de tumor es directamente hereditario. Son miedos muy frecuentes.

No se extrañe si en algún momento usted siente algunos de los síntomas que tenía su ser querido antes de morir. Esta es una reacción frecuente que expresa los lazos afectivos existentes entre enfermo y familiares. Si la situación persiste, no dude en visitar a su médico quien, si lo cree necesario, procederá a efectuar un examen físico completo y a realizar las pruebas complementarias necesarias para que todos queden tranquilos.

Los años amenguan el dolor, pero no lo quitan. Quedan nostalgias que se pegan en el alma. De la muerte no se vuelve. Por ella se pasa a otra dimensión, como cada quien la conciba. Pero los muertos nos dejan la sensación de una incomprensible lejanía. Es lo que dice Joan Margarit en la introducción de su libro de poemas dedicados a su hija Joana muy poco después de morir:

De lo que siento acerca del mañana, lo más parecido a una certeza es que Joana y yo no volveremos a vernos. Cuán distinta sería la vida si la muerte fuese esperar muchos millones de años para podernos encontrar de nuevo, aunque fuese tan sólo durante unos breves instantes. Pero el abismo que nos separa es el abismo del nunca más.

El sobreviviente anhela volver a unirse al ser amado para siempre, en un modo de existencia más feliz que la vida terrenal. La vida después de la muerte, al contrario de ésta, no ligará a dos seres humanos mediante el vulnerable vínculo del amor para luego separarlos cruelmente, llevándose a uno y dejando al otro con vida. Un ejemplo muy gráfico lo encontramos en una estrofa del bolero “Espérame en el cielo” de D. Antonio Machín:

Espérame en el cielo
rogando por mí a Dios
para que pronto estemos
juntos allí los dos.

Para el auténtico creyente, la seguridad de un reencuentro hace mucho más llevadero el duelo.

Efectivamente, una de las primeras reacciones de dolor en el duelo consiste en desear morir, como el muerto. Reunirse con él, en el otro mundo, donde sea. Así lo describe Amado Nervo en su poema “¡Oh Muerte!”:

Muerte, ¡cómo te he deseado!,
¡con qué fervores te he invocado!,
¡con qué anhelares he pedido
a tu boca su beso helado!
¡Pero tú, ingrata, no has oído!

No tome decisiones importantes durante los primeros meses o el primer año. No se deben tomar decisiones precipitadas acerca de la venta de un apartamento, traslado a otro lugar, decidir irse a vivir con una hija, etc. No es raro que el doliente se sienta incapaz de vivir en la casa, que se le cae encima por los recuerdos de la persona fallecida.  El deseo compulsivo de vender la casa quizá se haga deprisa, con el riesgo de perder dinero y el consiguiente arrepentimiento posterior.

A veces se reciben muy malos consejos sobre estos asuntos o acerca de deshacerse de todo lo que pertenecía al fallecido y que pueden resultar dolorosas en esos momentos. Sin embargo hay que recordar que se deben guardar cosas como fotografías, cartas, trofeos y muchas otras cosas de orden personal que, aunque parezcan insignificantes, serán las que luego se conviertan en tesoros de valor emocional cuando el mundo (no el viudo o la viuda) ya hayan olvidado que esa persona existió.

Llega, por fin, un momento en el curso normal de las cosas, en el que la persona en duelo retoma las ganas de vivir, ganas de descubrir nuevos objetos, de establecer nuevos lazos.

Etapa final del duelo: el periodo de restablecimiento

Señor, enséñanos a contar nuestros días
para que lleguemos a tener un corazón sabio.

Biblia

Comienza cuando el sujeto mira hacia el futuro, se interesa por nuevos objetos, es capaz de volver a sentir nuevos deseos y de expresarlos. Puede haber, y habrá, períodos de recrudecimiento en fechas señaladas (navidades, cumpleaños, aniversarios, etc.) sin que signifique salirse de la normalidad.

Este período de adaptación se manifiesta por el desarrollo de nuevas relaciones sociales. Se separa de los objetos personales del fallecido, guardando solamente los que considera como particularmente evocadores y significativos. Confinado en su casa y soportando las visitas, ahora acepta salir y ver progresivamente a parientes y amigos y establecer nuevas relaciones. El estado depresivo se disipa, el dolor y la pena van disminuyendo, la persona experimenta un alivio (“estar de alivio” se decía hace años cuando una persona dejaba de “estar de luto” y cambiaba progresivamente las ropas negras por ropas grises, blancas, malva).

El final del duelo se manifiesta esencialmente por la capacidad de nuevo de amar.

Algunas veces, bastantes por cierto, cuando una persona viuda establece una relación afectiva con otra persona y piensa en normalizarla y hacerla oficial, puede tener grandes problemas por sentimiento de culpa. Viven el acontecimiento con una gran culpabilidad y sensación de deslealtad e infidelidad.

Los hijos también pueden tener dificultades para aceptar esta situación especialmente si prevén que puede haber una sustitución del padre o la madre desaparecidos.

Intervención y soporte a las personas en duelo

Worden describe cuatro procesos (Tabla I) que deben atravesar quienes sufren una pérdida antes de reencontrar el equilibrio y que, más o menos, coinciden con las sugerencias dadas por Pangrazzi para acompañar y ayudar a las personas que atraviesan un duelo y que él llama  “Vocabulario de la Misericordia”. Se trataría de lo siguiente:

  • Aceptar la realidad de la pérdida
  • Dar expresión al dolor producido por la pérdida
  • Adaptarse al ambiente en el que el difunto ya no está presente
  • Invertir la energía emotiva en otras personas o relaciones

 

1. Aceptar la realidad de la pérdida

Es la premisa más evidente, pero el paso más difícil. Hay resistencias a corto y largo plazo a la hora de aceptar la irreversibilidad de la pérdida. Como se dijo unas líneas más arriba, el hecho de ver, incluso tocar el cadáver y asistir a la ceremonia fúnebre, puede facilitar la posterior y más pronta aceptación.

Es preciso familiarizarse con el proceso del duelo. No es fácil, en nuestra sociedad, el contacto con la muerte ni con las personas que acaban de sufrir de cerca el impacto de la muerte.

Ante el embarazo que nos provoca la situación podemos pronunciar alguna frase que, con toda nuestra buena voluntad, suponga una clara impertinencia. Frases del tipo: “Trata de olvidar”, “Dios lo ha querido”, “Sólo los buenos mueren jóvenes”, “Ahora es más feliz en el cielo”, etc. no ayudan para nada y pueden herir o desconcertar a aquellos que se intenta consolar porque no se puede, con una simple frase, olvidar de golpe una vida tejida de afectos. No se puede minimizar el sufrimiento por una pérdida. Una cicatriz sigue siendo una cicatriz y no es realista pretender que no existe. Mucho mayor puede ser el enojo ante alguna de las frases anteriores, si la persona a quien se pretende consolar resulta que no es creyente.

Lo opuesto de aceptar la realidad de la pérdida es no creer mediante algún tipo de negación. Cuando la aceptación no se produce, se puede llegar incluso a la “momificación” del duelo, que llega incluso a situaciones extremas, como guardar el cadáver del ser querido o partes de él en casa.

Algunas viudas, meses después de la muerte de su marido, pueden seguir poniendo dos platos a la hora de comer. Otras veces se deja la habitación tal y como estaba cuando la persona murió. Algo de esto hay también en la conservación en casa de la copa cineraria con las cenizas del fallecido.

Todo esto no es extraño a corto plazo pero se convierte en negación si continúa durante años. Un ejemplo de distorsión en vez de engaño sería la persona que ve al fallecido personificado en uno de sus hijos. Este pensamiento distorsionado puede amortiguar la intensidad de la pérdida pero raramente es satisfactorio y, además, dificulta la aceptación de la realidad de la pérdida.

La negación del duelo es, al igual que la represión del mismo, una de las causas más frecuentes del duelo complicado.

Ya hemos reflexionado unas páginas atrás sobre cómo la falta de aceptación de la muerte puede dar lugar a un duelo retardado o inhibido. Esta aceptación necesita tiempo, ya que ha de ser asumida no sólo de forma intelectual, sino también emocional.

La persona  en duelo puede ser intelectualmente consciente de la finalidad de la pérdida mucho antes de que las emociones le permitan aceptar plenamente la información como verdadera. Es fácil creer que la persona amada está todavía de viaje o que se ha ido otra vez al hospital. La realidad golpea duro cuando se quiere coger el teléfono para compartir alguna experiencia con la persona amada y se recuerda que no está al otro extremo.

Lo primero, es necesario ver y tocar el cadáver. Es la primera medida para constatar el hecho de que la muerte se ha producido realmente y este hecho, puede facilitar la aceptación posterior y disminuir la intensidad o duración de la fase de negación, cuando existe. Sucede lo mismo con el hecho de acudir al enterramiento (consolida la realidad de la pérdida).

Ahora es fácil entender y reconocer el trabajo de los equipos de rescate en el mar o la montaña para recuperar el cadáver de un accidentado

Cuando no puede recuperarse, el cadáver puede ser sustituido por algún símbolo. Algunas técnicas de tratamiento psicológico consisten en quemar una fotografía del fallecido, en el contexto de la relación con el terapeuta, para “enterrar” al difunto.

2. Dar expresión al dolor producido por la perdida

Es necesario dar lugar a los desahogos.

Con frecuencia se abusa de psicofármacos para controlar la ansiedad del doliente. “Narcotizar el sufrimiento” no hace que éste desaparezca: se pospone. El uso de estos medicamentos debería estar reservado para casos muy puntuales y por períodos breves. El amable médico de familia que muy solícito seda a la viuda trastornada, está haciendo que las circunstancias sean más llevaderas para sus amigos y familiares, aunque le niegan a ella la expresión completa de su dolor. El sufrimiento tiene una función muy importante. Inhibirlo, es actuar en contra de lo que realmente es mejor para la viuda.

 

Hay que recalcar que el dolor profundo de un duelo, raramente se puede cambiar por medios farmacológicos.

Lo mismo se podría decir de la “psiquiatrización del duelo”. El duelo no es ninguna enfermedad y, en principio, no necesita de terapeutas. La mayoría de las veces, el proceso se resolverá con el tiempo y la compañía y comprensión de amigos y conocidos. Y, eventualmente, la ayuda del equipo terapéutico

Es imposible que se resuelva un duelo sin experimentar dolor. Se puede decir que es como un túnel, que para salir de él, hay que atravesarle. Y esto requiere un esfuerzo, un trabajo. Y por este motivo se habla del “trabajo del duelo”.

Y es imprescindible, además de tener dolor, poder expresarlo, exteriorizarlo. Decía Shakespeare que “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas”. En el mundo hedonista y tanatófobo de hoy, a las personas dolientes muy difícilmente se les autoriza a expresar su pena. Amigos y conocidos pueden escuchar atentos e intentar consolar a la persona que está en duelo durante los primeros días. Pero enseguida el mensaje cambiará: “La vida sigue”, “No te atormentes más”, “Tienes que intentar olvidar”, frases que suelen traducir lo que esas personas realmente están pensando: “Déjame en paz”, “No hables más de la muerte”, en definitiva, “No me recuerdes que yo también tengo que morir”.

En estos momentos la ayuda a estas personas puede reducirse a estar allí y escuchar.

Y hay que llorar, si se siente necesidad de hacerlo. Decía Alphonse de Lamartine que después de su sangre, lo más personal que puede dar un hombre es una lágrima.

En todo el mundo la gente se muere y cuando esto ocurre se producen ciertos procesos de despedida al que se marcha. El dolor nos enfrenta a una situación en la que más fácilmente podemos establecer comparaciones entre respuestas culturales diferentes.

3. Adaptarse al ambiente en el que el difunto ya no está presente.

Esta tarea exige la participación activa y decidida del doliente versus la pasiva perpetuación de su incapacidad para seguir viviendo y para buscar creativa y flexiblemente una sana adaptación a la nueva situación.

Adaptarse a un nuevo medio significa cosas diferentes para personas diferentes, dependiendo de como era la relación con el fallecido y de los distintos roles que desempeñaba. Para muchas viudas cuesta un período de tiempo considerable darse cuenta de cómo se vive sin sus maridos. Este darse cuenta muchas veces empieza alrededor de tres meses después de la pérdida e implica vivir sola, educar a los hijos sola, enfrentarse a una casa vacía y manejar la economía sola.

Cuando la gente vivía su enfermedad y muerte en el hogar, la habitación del ser querido muerto conservaba su memoria, algo quedaba flotando para siempre en el sitio, que se impregnaba de algún misterio, respeto y temor, incluso de un cierto olor.

En muchas ocasiones, por el contrario, el motivo de ingresar a un enfermo en los últimos momentos de vida es precisamente el deseo de los familiares de que no quede en la casa el recuerdo de su ser querido muerto. Le cuidan primorosamente durante semanas o meses, pero nos piden que no muera en su domicilio.

Los recuerdos. Los objetos personales del fallecido. Su nombre.

 

Alguna vez hemos oído a una viuda contar la experiencia de su llegada a casa después del entierro del marido fallecido en el hospital después de unas semanas de estar ingresado. La esposa había estado acompañándole en el hospital sin separarse de él y, por lo tanto, sin ir a su casa. Es fácil imaginar la impresión de esta mujer: la chaqueta en la silla del dormitorio, los cigarrillos y las gafas en la mesita de noche, el último libro al lado de la cama, el vaso de agua…

Todos estos objetos personales del difunto, durante algún tiempo se reconocen como significativos, simbólicos representantes de su antiguo poseedor, hasta que esa metáfora se va diluyendo, el objeto se hace neutro (sobre todo cuando deriva hacia el circuito mercantil) y llega a manos de nuevos dueños.

Cuando por fin los objetos personales del difunto cambian de dueño y se dispersan, se consuma toda la muerte. Muerte total del muerto, consumación del despojo. Aventadas sus cenizas y disgregada su propiedad, queda todo el espacio desnudo para la mudanza y la sustitución transferencial de los vivos. Es la expropiación de la muerte, la exhumación más inicua.

En este sentido, es importante recalcar la importancia de cultivar los recuerdos de la persona desaparecida, empezando por su nombre. Es muy frecuente que los amigos eviten pronunciar, delante de los deudos, el nombre de la persona desaparecida. Recordar a la persona amada es un consuelo para los supervivientes: da significado a su relación, a su dolor. Reevocar el nombre es terapéutico.

La estrategia de reevocar al desaparecido tiene el objetivo de ayudar a las personas en duelo a describir lo que era su vida antes de sufrir la pérdida y dejar claro el confín entre este período y la nueva situación con la que han de enfrentarse.

Aquello de “No mentar la soga en casa del ahorcado” puede hacer referencia a que, además del nombre del fallecido, también se suele evitar hablar de cualquier cosa que recuerde a las circunstancias de la muerte. Realmente, con mucha frecuencia los familiares desean recordar detalles del acontecimiento y es una manera de elaborar y asumir la pérdida.

Es el miedo a la nostalgia. El rechazo a volver a los sitios donde se vivió intensamente, donde cubrimos una parte importante de nuestra vida, donde amamos, disfrutamos y nos dolimos con una persona que ya no está.

Algunas veces los familiares rehuyen el pasar por la puerta de la oficina donde trabajaba el enfermo o por otros lugares vinculados estrechamente con el desaparecido. También sucede a veces que los familiares quieren visitarnos pero no se atreven a ir al hospital donde estuvo enfermo o murió su ser querido. Algunas veces por esto nos llaman por teléfono o escriben cartas a los periódicos locales para expresar su agradecimiento por la atención recibida.

4. Invertir la energía emotiva en otras personas o relaciones

 

Si las anteriores tareas se han acometido saludablemente, se lleva a cabo el retiro de la líbido del vínculo de quien murió. Muchas personas, equivocadamente, asimilan esto con un desleal olvido del ser querido y se resisten a permitirlo. El duelo es, básicamente, un proceso de cambio y con la muerte termina una vida, pero no una relación. Ésta se modifica de una relación de presencia a una de ausencia, pero la desaparición de alguien a quien amamos no nos obliga a olvidarlo.

Una persona en duelo nunca olvida del todo al fallecido al que tanto valoraba en vida y nunca rechaza totalmente su rememoración. Nunca podemos eliminar a aquellos que han estado cerca de nosotros, de nuestra propia historia, excepto mediante actos psíquicos que hieren nuestra propia identidad.

El doliente incorpora a la persona desaparecida en otro nivel. Isabel Allende termina su libro en el que relata la larga enfermedad de su hija hasta el momento de su muerte con estas palabras:

 

Adiós, Paula mujer.
Bienvenida, Paula, espíritu.

 

La disponibilidad de un superviviente para empezar nuevas relaciones depende no de “renunciar” al cónyuge muerto, sino de encontrarle un lugar apropiado en su vida psicológica, un lugar que es importante pero que deja un espacio para los demás.

Algunas veces, bastantes por cierto, cuando una persona viuda establece una relación afectiva con otra persona y piensa en normalizarla y hacerla oficial, puede tener grandes problemas por sentimiento de culpa. Viven el acontecimiento con una gran culpabilidad y sensación de deslealtad e infidelidad.

Glick y Parkes consideran que, un año después de la pérdida, la persistente lealtad para con el marido desaparecido constituía el principal obstáculo para un nuevo matrimonio. Muchas viudas “todavía parecían considerarse casadas con sus maridos muertos”.

En general, se puede afirmar que el superviviente ha completado su “trabajo” de duelo en la medida en que los objetivos citados arriba se han cumplido.

El duelo se puede acabar, en cierto sentido, cuando la persona recupera el interés por la vida, cuando se siente más esperanzada, cuando experimenta gratificación de nuevo y se adapta a nuevos roles.

Dos signos concretos indican que la persona está recuperándose de una pérdida:

 

  • La capacidad de recordar y de hablar de la persona amada sin llorar ni desconcertarse. George Sand, compañera sentimental de Chopin, lo describía de manera sencillamente magistral: “Que mi recuerdo no envenene tus futuras alegrías. Pero no permitas que tus alegrías destruyan mi recuerdo”.
  • La capacidad de establecer nuevas relaciones y de aceptar los retos de la vida.

 

El duelo es un momento de la vida que probablemente todos nosotros habremos de conocer. Sabemos que ayuda a madurar a las personas, que estimula sus facultades creadoras, pero nada es más perjudicial que un duelo frustrado o que no encuentra el modo de expresarse adecuadamente. Es importante en consecuencia para el sosiego de todos que se lo viva lo mejor posible. La asistencia al doliente, lo mismo que la asistencia al moribundo, constituye así una preocupación fundamental para el equipo asistencial y los familiares.

BIBLIOGRAFIA GENERAL RECOMENDADA EN ESPAÑOL

 

Gómez Sancho M.
Cómo dar las malas noticias en Medicina (2ª ed)
Madrid: Arán, 1998.
González Barón M, et al.
Tratado de Medicina Paliativa y tratamiento de soporte en el enfermo con cáncer
Madrid: Panamericana, 1996.
Gómez Sancho M.
Medicina Paliativa: la respuesta a una necesidad
Madrid: Arán, 1998.
Gómez Sancho M.
Medicina Paliativa en la Cultura Latina
Madrid: Arán, 1999.
Benítez del Rosario MA, Salina Martín A.
Cuidados Paliativos y Atención Primaria
Barcelona: Springer-Verlag Ibérica, 2000.

Introducción a la Medicina Paliativa
Carlos Centeno Cortés
Valladolid: Junta de Castilla y León, 1998

 

Cobo Medina C.
El valor de vivir.
Madrid: Ediciones Libertarias, 1999

 

Cobo Medina C.
Los tópicos de la muerte. La gran negación
Madrid: Ediciones Libertarias, 2000

 

Cobo Medina C.
Ars Moriendi. Vivir hasta el final
Madrid: Díaz de Santos, 2001

 

Gómez Sancho M.
“Avances en Cuidados Paliativos”
(Curso de Formación a Distancia)
www.gafos.com

 

La pérdida de un ser querido. El duelo y el luto (2ª edición)
Marcos Gómez Sancho
Madrid: Editorial Arán, 2007.

 

Diagnóstico: cáncer. ¿Cómo decírselo?
Gómez Sancho M.
Madrid: Editorial Arán, 2005.

 

Morir con dignidad.
Gómez Sancho M.
Madrid: Editorial Arán, 2005.

 

 

 

LECTURA

 

León Tolstoi
La muerte de Ivan Illich
Madrid: Alianza Editorial, 1996.

 

Norbert Elias
La soledad de los moribundos
Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1990.

 

Peter Noll
Palabras sobre el morir
Barcelona: Destino, 1990.

 

Kübler Ross E
Sobre la muerte y los moribundos
Barcelona: Grijalbo, 1972.

 

Garrido C.
Te lo contaré en un viaje.
Barcelona: Ares y Mares, 2002

Margarit J.
Joana.
Madrid: Hiperión, 2002


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